LEEMOS Y ESCUCHAMOS
LA CARRERA DE FAETON
Mito griego
Hace mucho, mucho tiempo... Todos los días, Helios, el dios del Sol, subía a su carro ardiente tirado por caballos y lo conducía por el cielo. Helios tenía un hijo que se llamaba Faetón, un joven malcriado y acostumbrado a hacer lo que quería y salirse siempre con la suya. Y un día, se empeñó en conducir el carro del Sol.
—¿Me dejas conducir el carro, padre? Solo una vez... ¿Puedo, puedo?
—No —dijo Helios—, No tienes aún suficiente fuerza para conducirlo. No podrías hacerlo, y todavía tienes que aprender.
Pero Faetón insistió e insistió, y volvió a insistir, hasta que su padre consintió, aunque de mala gana.
No espolees a los caballos —le advirtió—, Sujeta bien las riendas para que no se desboquen. —Pero su aviso no sirvió de nada.
Los caballos enseguida se dieron cuenta de que alguien más ligero y menos fuerte que su conductor habitual llevaba las riendas.
Los caballos empezaron a galopar sin control por el cielo, algunas veces demasiado alto, y entonces dejaban las tierras frías y los riachuelos helados; otras, galopaban demasiado bajo, hasta secar los ríos y quemar la tierra.
Zeus, rey y padre de las divinidades, decidió intervenir. Lanzó su rayo contra el joven y lo hizo caer del carro; así detuvo el desastre que Faetón estaba causando.
Helios lloró la muerte de su hijo y, desde entonces, no volvió a dejar conducir a nadie su carro ardiente por el cielo.